Costa Rica: Paraíso de pajareo (1ª parte) – Enero 2015

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Costa Rica había sido un destino deseado para mi durante muchos años. Mucha gente me hablaba maravillas sobre este lugar e insistían en que alguien que le gustan las aves y la naturaleza como a mi no podía dejar de ir. De hecho, en alguna ocasión anterior estuve a punto de viajar a este destino y tenía ya la guía de aves comprada desde entonces.

Un país en el que aproximadamente la mitad de su territorio está protegido, Una de cuyas principales fuentes de ingresos la constituyen el ecoturismo, que no tiene ejercito y que además hace poco años prohibió la caza suena muy bien; si además tenemos en cuenta que en un territorio de apenas 51.100 km cuadrados encontramos una de las biodiversidades más elevadas del planeta esto ya suena a paraíso. Eso me dijo alguien que supo de mis planes: “Vas al paraíso”.

No son pocos los aficionados a las aves que viajan a Costa Rica, pues en este reducido territorio se han registrado unas 900 especies de aves. Esto viene favorecido por la ubicación geográfica y su relieve. Con dos costas opuestas, la pacífica y la caribeña, una serie de cadenas montañosas que en algún punto se elevan hasta casi los 4.000 m de altitud y unos climas muy variados según zonas, los ambientes cambian radicalmente según orientación y elevación. Semejante variedad de ambientes favorece la presencia de una amplia gama de especies de aves en un territorio reducido, lo que hace que unos días de pajareo por este país puedan ser de lo más productivos.

En enero de 2015 tuve la oportunidad de visitar, por fin, Costa Rica, junto con mi colega Yeray Seminario, de Whitehawk Birding. Unos 15 días de pajareo bastante intenso en varias zonas de características diferentes nos llevaron a sumar hasta 363 especies de aves. Paso aquí a relatar nuestras impresiones siguiendo el itinerario trazado…

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Cordillera de Talamanca: Parque Nacional de Los Quetzales, Parque Nacional de Tilarán y Cerro de la Muerte

Tras aterrizar en San José nos dirigimos inmediatamente a la Cordillera de Talamanca, la más elevada del país y cuya máxima cota es el pico Chirripó con 3.820 m de altitud. Nuestro alojamiento, Mirador de los Quetzales, se sitúa a unos 2.600 msnm y consiste en una cabañas. La sensación aquí es de frío, nieblas cubren la zona y en muchas ocasiones cae una fina lluvia. Pero esto permite que aquí crezca un impresionante bosque nuboso que abruma por su extraordinaria belleza. Impresionantes árboles crecen en las escarpadas laderas, todas cubiertas por un auténtico abrigo de plantas epífitas: lianas, musgos, líquenes, bromelias y muchas más; todo parece colocado con sumo cuidado y detalle, todo parece absolutamente perfecto.

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Absolutamente abrumado por la belleza del bosque nuboso en la cordillera de Talamanca.

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Uno de los bellos rincones que encontramos en el Sendero de los Robles.

Descubrimos que uno de los mejores senderos para recorrer este ambiente era uno llamado Sendero de los Robles y en el cuál pudimos ve nuestro primer quetzal (eso si, no muy bien). Son abundantes por aquí especies como el Green colibrí verdemar (Colibri thalasianus), colibrí volcanero (Selasphorus flammula), candelita collareja (Myioborus torquatus), cucarachero pechigrís (Henicorhina leucophrys), reinita de Wilson (Wilsonia pusilla), chingolo común (Zonotrichia albicollis), mosquero cabecinegro (Empidonax atriceps), subepalo rojizo (Margarornis rubiginosus) y otros. Visitamos las zonas más elevadas en el Cerro de la Muerte (3.400 msnm) en busca del chara gorjiplateada (Cyanolyca argentigula) y el cucarachero del bambú (Thryorchilus browni), sin suerte, pero si pudimos dar tras una intensa búsqueda con un precioso junco de los volcanes (Junco vulcani), pájaro exclusivo de estos ambientes de ‘páramo’. El recorrido junto al río Savegre, en San Gerardo de Dota, un valle de menor altitud, nos regaló aves como el mirlo-acuático norteamericano (Cinclus mexicanus), el piojito guardarríos (Serpophaga cinérea) y, sobre todo, el colibrí picolanza mayor (Doryfera ludovicae) y bienteveo ventridorado (Myiodynastes hemichrysus), anidando en una de las magníficas cascadas. Recurrimos a un guía local para poder ver bien los quetzales guatemaltecos (Pharomachrus mocinno), que condicionan sus movimientos a la disponibilidad de su alimento exclusivo, el aguacatillo. Estos guías conocen perfectamente cuándo y dónde fructifican estos árboles, sabiendo así donde encontrar a esta ave emblemática. La cosa salió bien y pudimos ver 3 machos y 3 hembras alimentándose, con momentos tan mágicos como cuando un macho voló a apenas dos metros sobre nuestras cabezas.

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El colibrí insigne (Panterpe insignis) era uno de los que acudían a los comederos colocados en el exterior de nuestro alojamiento. No se asustan ante la gente y es un auténtico flipe poder admirarlos de cerca, de muy cerca.

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Este mirlo negruzco (Turdus nigrescens) se parece algo a nuestro mirlo y de hecho en este lugar es un ave relativamente común… pero sólo en este lugar, se trata de una especie endémica de Costa Rica y Panamá.

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Una hembra de quetzal guatemalteco (Pharomachrus mocinno).

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Aquí pueden admirarse las extraordinarias plumas verdes del quetzal guatemalteco (Pharomachrus mocinno), muy características y de tonos casi eléctricos.

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El quetzal sólo se alimenta de aguacatillos, y el árbol del aguacatillo no puede reproducirse si la semilla que contiene el fruto no pasa por el tubo digestivo del quetzal: una perfecta simbiosis. Si sabes qué árboles están fructificando sabrás dónde están los quetzales. Aquí se ve un macho tragándose un aguacatillo enterito.

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El páramo de Cerro de la Muerte, donde encontramos al junco de los volcanes (Juncus vulcani) con no poco esfuerzo.

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Increíble paraje en el río Savegre.

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Tuvimos suerte de dar con una activa pareja de mirlos-acuáticos americanos (Cinclus mexicanus), tan activa que ésta fue la mejor foto que pude sacar de uno de ellos.

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Pillado este zorzalito de Frantzius (Catharus frantzii), un pajarillo de las zonas de montaña.

Reserva Biológica Los Cusingos

De camino a Carara paramos unas horas en la Reserva Biológica de Los Cusingos, cerca de San Isidro, y en la región pacífica sur, una de las que apenas vamos a pisar en este viaje, con lo que podíamos encontrar unas cuantas especies diferentes a las del resto del itinerario. Esta reserva fue creada por el conocido naturalista Alexander Skutch, y de hecho en su interior se encuentra su casa-museo, en la que residió durante los últimos años de su vida. Además de su casa y los jardines hay varios senderos que recorren el bosque. En ellos y en los mencionados jardines pudimos ver algunas especies interesantes tales como el zafiro de Elicia (Hylocharis eliciae), coqueta adorable (Lophornis adorabilis), picolezna menudo (Xenops minutus), trepatroncos sepia (Dendrocincla anabatina), mosquerito centroamericano (Zimmerius vilissimus), atila polimorfo (Attila spadiceus) o el tangara costarricense (Ramphocelus costaricensis), entre muchos otros.

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Mirar hacia arriba es uno de los ejercicios para el cuello que más se practican en Costa Rica, sobre todo si eres pajarero.

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Un pájaro bien chulo es el mielerito verde (Chlorophanes spiza), que merodeaba por los jardines de la reserva.

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Las ardillas son mamíferos comunes en los bosques, aunque no tengo ni idea de a qué especie pertenece ésta… (si alguien lo sabe y quiere decírmelo le estaré muy agradecido).

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Este discreto trepatroncos sepia (Dendrocincla anabatina) se dejó ver mientras nos miraba un tanto sorprendido.

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Varios capuchinos de cara blanca de Panamá (Cebus imitator) habitan en la reserva… y se acercan bastante.

Parrita: Playa de Palo Seco

También hicimos una breve parada en Parrita de camino a Carara. Con la desembocadura del rio del mismo nombre y la larga barra arenosa que envuelve el manglar ofrece unas buenas oportunidades de pajareo, observando de hecho aves como garzas, espátulas, rabihorcados y cigüeñas, además de limícolas como el chorlitejo piquigrueso (Charadrius wilsonia), agujeta gris (Limnodromus griseus), playero aliblanco (Tringa semipalmata) y otros. El atardecer nos sorprende aquí y ello permite que veamos más de un centenar de añapero garrapena (Chordeiles acutipennis) cazando sobre los árboles de la zona.

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La exótica playa de Tárcoles.

Parque Nacional de Carara

El Parque Nacional de Carara es uno de los más conocidos de Costa Rica y un lugar de enorme interés ya que aquí se juntan dos regiones biogeográficas importantes como son el Pacífico Noroeste y el Pacífico Sur. Este hecho hace que en Carara se solapen especies propias de una y otra región, confiriéndole una alta riqueza. En la costa, pero con elevaciones montañosas que surgen a sus espaldas, este parque combina zonas bajas que presentan manglar y bosque de llanura, con la selva de las laderas. Recorrimos varias zonas en el entorno del parque tales como las playas de Tárcoles, el camino Vieja La Barca y, sobre todo, la carretera hacia Tarcolitos, un lugar especialmente productivo. También visitamos dentro del parque sendero como el de la Laguna Meándrica.

En la costa pelícanos pardos (Pelecanus occidentalis), rabihorcado magnífico (Fregata magnificens) y charranes reales (Sterna maxima) son las especies más frecuentes, ofreciendo bellas estampas que no nos cansamos de mirar. Paseando por el parque tuvimos la enorme suerte de encontrar una ‘ant swarm’ (marabunta) acompañada por hasta 9 especies de pájaros. Estos pájaros no se alimentan de las hormigas (que deben tener un sabor muy desagradable) sino de todos los animalillos que salen huyendo al paso de esta marea de voraces hormigas: insectos, arañas, lombrices, etc. Vimos como algunos de estos desgraciados fueron presa de las hormigas y otros, de los pájaros, a saber: trepatroncos barrado norteño (Dendrocolaptes sanctithomae), trepatroncos sepia (Dendrocincla anabatina), batará barrado (Thamnophilus doliatus), batará negruzco (Thamnophilus bridgesi), hormiguero tirano (Cercomacra tyrannina), hormiguero bicolor (Gymnopithys leucaspis), hormiguerito de Quijos (Microrhopias quixensis), formicario enmascarado (Formicarius analis) y tangara cabecigris (Eucometis penicillata). Muchas de estas aves resultan muy difíciles de ver si no se tiene la ocasión de dar con una marabunta, pues son de costumbres muy discretas.Nos quedamos quietos rodeados por las hormigas y varios de estos pájaros ignoraron nuestra presencia posándose a apenas medio metro de nosotros.

El camino hacia Tarcolitos, en la zona de Lapas, se reveló como un lugar inmejorable para el pajareo, si no fuera por el continuo tráfico que lo hace molesto por momentos. Sin embargo la presencia de aves es rica y abundante; aquí pudimos ver varias especies de rapaces incluyendo busardo gris norteño (Buteo plagiatus), busardo colicorto (Buteo brachyurus), busardo blanco (Pseudastur albicollis) y zopilote rey (Sarcoramphus papa), los coloridos guacamayos macao (Ara macao) (que aquí conservaron una de sus últimas poblaciones naturales antes de las campañas de recuperación) son frecuentes y además una multitud de pequeñas aves como de jacamará colirrufo (Galbula ruficauda), momoto capiazul (Momotus coeruliceps), cucarachero ribereño (Thryothorus semibadius), colibrí hada occidental (Heliothrix barroti), verdillo menor (Hylophilus decurtatus), esmeralda de Canivet (Chlorostilbon canivetii), saltarín colilargo (Chiroxiphia linearis) y tantos otros.

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Playa de Tárcoles con un grupo de aves marinas descansando.

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Pelícano pardo (Pelecanus occidentalis) en la playa de Tárcoles.

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El zopilote negro (Coragyps atratus) es una de las especies que pudimos ver todos los días de nuestro viaje: en la montaña, en los campos, en las carreteras, en los pueblos, en las playas, en los bosques…

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Playero aliblanco (Tringa semipalmata) y zarapito trinador (Numenius phaeopus) en bonita estampa.

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Un joven de rabihorcado (Fregata magnificens) patrullando la costa para echarse algo al buche.

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Adulto y joven de cormorán biguá (Phalacrocorax brasilianus) descansando junto a los pelícanos.

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Charrán real (Sterna máxima), el estérnido más abundante.

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Un par de tortolitas mexicanas (Columbina inca) alimentándose cerca del hotel en Tárcoles.

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El único buco barbón (Malacoptila panamensis) que vimos en todo el viaje, eso si, muy bien.

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Precioso momoto cejiazul (Eumomota superciliosa) que se quedó casi inmóvil para que lo inmortalizáramos.

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En Carara tuvimos la gran fortuna de dar con una marabunta que venía acompañada por una numerosa corte de pájaros que se venían beneficiando de todo bicho viviente que salía huyendo de estos insectos.

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Este trepatroncos barrado norteño (Dendrocolaptes sanctithonae) llegó a posarse a menos de un metro de mi; tan absorto estaba alimentándose con los bichos que huían de las hormigas que para él (o ella) no existíamos.

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Y este hormiguero bicolor (Gymnopithys leucaspis) también acompañaba a las hormigas, aunque no era tan descarado como el trepatroncos.

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Este ‘murciélago fantasma’ (así lo llaman allí) nos vigilaba desde lo alto.

Salinas de Chomes

Dejando Carara nos marchamos hacia Monteverde, pero de camino hicimos parada en las salinas abandonadas de Chomes. Coincidiendo con la pleamar muchas aves entran a este lugar para descansar y así pudimos ver nutridos bandos de limícolas que incluían aguja canela (Limosa fedoa), zarapito americano (Numenius americanus), zarapito trinador (Numenius phaeopus), playero aliblanco (Tringa semipalmata), chorlito dorado americano (Pluvialis dominica), chorlitejo semipalmeado (Charadrius semipalmatus), archibebe patigualdo grande (Tringa melanoleuca), correlimos de Alaska (Calidris mauri), correlimos semipalmeado (Calidris pusilla) y correlimos menudillo (Calidris minutilla), entre otros. A destacar también un nutrido grupo de varios centenares de cercetas aliazules (Spatula discors) reposando en una de las tablas y varias especies de aves marinas propias de la zona, incluyendo las dos únicas pagazas piquirrojas (Hydroprogne caspia) que vimos en todo el viaje.

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En Chomes Yeray dio con este añapero colilargo (Chordeiles acutipennis) echando la siesta en la rama de un mangle.

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Atardecer romántico para estos dos caranchos norteños (Caracara cheriway).

En breve continuará en una segunda entrada.

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