De pajareo por Galicia

Entre los pajareros Galicia es un destino bien conocido por ser una región excelente para la observación de aves marinas y acuáticas, además de por recibir un buen número de rarezas gracias a su posición geográfica. Las circunstancias han hecho que yo haya pajareado muy poco por esas tierras, de manera que mi conocimiento hasta ahora se reducía a unas pocas visitas cortas y a lugares muy concretos. La última fue en octubre de 2014 en el marco del Gran Reto, maratón ornitológico bianual organizado por SEO/BirdLife y al cuál acudí como miembro del Rarebirdspain Swarovski Optik Birdracing Team.

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Un par de agujas colinegras se afanan en buscar invertebrados bajo los limos de O Burgo.

A finales del pasado septiembre tuve la oportunidad de volver gracias a una invitación de Turismo de Galicia, así que participé en un press-trip junto con David Lindo (aka The Urban Birder), Fernando Pereiras y Xoan Diéguez. También nos acompañó Santiago Bacariza, de Turismo de Galicia, y nuestro guía (excelente, todo hay que decirlo) fue Xavier Vázquez Pumariño, de la empresa Habitaq.

El recorrido que hicimos nos llevó a localidades del interior y, sobre todo, de la costa, donde Galicia destaca con sus numerosas rías, ensenadas, playas, acantilados e islas.

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Comenzamos por la Terra Chá, una amplia área agrícola que ha sufrido una severa transformación en los últimos años y que, aunque muchas de las aves presentes han visto mermadas sus poblaciones (léase sisón común o aguilucho cenizo), aún conserva valores naturales reseñables. Durante nuestra estancia allí pudimos observar un buen grupo de cernícalos primilla en labores de caza, y no es raro que de vez en cuando aparezca algún elanio por la zona. Sería muy de agradecer que se tomaran medidas efectivas para mantener el paisaje tradicional frente a la intensificación que está sufriendo la agricultura, con el fin de favorecer a estas especies.

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Vista parcial de las marismas de O Grove, uno de los lugares más interesantes para la observación de aves en Galicia.

O Grove fue otra de las zonas visitadas, como no. Probablemente sea uno de los parajes costeros más interesantes de todo Galicia, con su amplísima ensenada repleta de aves acuáticas. En estas fechas ya pudimos ver grupos muy nutridos de limícolas: zarapitos trinadores y reales, agujas colinegras, correlimos comunes, archibebes comunes y claros, chorlitejos grandes, chorlitos grises, vuelvepiedras y muchos más… recorriendo los limos intermareales para alimentarse con nerviosismo. Espátulas, garzas, garcetas y diversas especies de gaviotas hacen lo propio y el espectáculo visible es magnífico.

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Atardecer en O Grove.

Uno de los platos fuertes de este trip fue la salida pelágica en el Chasula, un bonito barco que se dedica a llevar a gente a conocer cetáceos y aves marinas en su propio medio marino. El periplo comenzó con un recorrido por zona de mejilloneras, un medio que nunca hubiera imaginado que es tan rico en aves: gaviotas, cormoranes y limícolas descansan sobre estas plataformas esperando a que baje la marea de nuevo. Hasta pudimos ver un lance de un azor que atrapó a un vuelvepiedras y lo dejó caer a medio comer ante el acoso de unas cuantas patiamarillas.

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Las mejilloneras: un insospechado hábitat para las aves marinas y acuáticas.

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Un joven cormorán moñudo aprovecha para descansar en una de las mejilloneras.

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Esto es lo poco que quedó del desafortunado vuelvepiedras que cayó en garras del azor.

Lamentablemente la meteorología no acompañó y la salida al mar hubo de acortarse considerablemente, pero aún así gaviotas, pardelas y alcatraces (¡y hasta dos paíños!) nos acompañaron durante un rato. Isidro, el singular y simpatiquísimo patrón del Chasula lamentaba la poca fortuna que tuvimos y nos compensó ampliamente atiborrándonos con pulpo, zamburiñas y ya no me acuerdo que más… todo magníficamente cocinado a bordo.

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Jóvenes de gaviota patiamarilla disputándose el pescado que arrojamos para atraer aves marinas.

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Algunas parcelas cenicientas se animaron a posarse cerca del Chasula.

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El Chasula en Sálvora.

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El pulpo de Isidro causó la admiración de los comensales a bordo del Chasula.

El Chasula hizo escala en la isla de Sálvora, parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas, y lugar interesante por cuanto muchos migrantes terrestres se detienen aquí durante su viaje. Mosquiteros, colirrojos, papamoscas, currucas, collalbas, lavanderas… andaban por allí, mientras algún halcón peregrino esperaba su oportunidad para pillar a alguno de ellos despistado.

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David, the Urban Birder, otea los campos que se extienden en la zona norte de Sálvora en busca de paseriformes migrantes.

Otra de nuestras paradas fue en la ría urbana de O Burgo, de la cuál hemos oído hablar con profusión al concido ornitólogo y comunicador gallego Antonio Sandoval (no en vano es su ‘local patch’). La verdad es que sorprende ver tanto limícola y anátidas en un entorno tan urbano y frecuentado por paseantes. Incluso algunas espátulas andaban por la zona sin aparente temor por quienes pisábamos el paseo fluvial. Si como nos contaban esta ría vivió tiempos mejores no quiero ni imaginar lo que fue aquello, porque ahora de verdad que merece una parada cuando menos.

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Los limos de O Burgo con marea baja.

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Esta garceta común era solo una de los cientos de aves acuáticas que andaban por la ría.

Ortigueira es otra ría mítica por la que recalamos justo cuando comenzaba a subir la marea. Ello permitió que observáramos a buenos grupos de limícolas levantándose de sus áreas de alimentación para retirarse a descansar. Especialmente impresionante me pareció la gran concentración de zarapitos reales, con casi un millar ejemplares volando todos juntos y emitiendo su característico reclamo de camino a dormidero.

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Bird-baywatch.

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Últimas horas de la tarde en Ortigueira.

Que el cabo de Estaca de Bares es el mejor punto de Europa para la observación de la migración de aves marinas no hace falta decirlo. Es por ello por la que numerosos pajareros ibéricos y de toda Europa acuden a este lugar todos los otoños. Cuando llegamos allá unos británicos escudriñaban las olas con sus telescopios y nos informaron que ya había pasado algún págalo rabero. Nosotros nos tuvimos que “conformar” con págalos grandes y parásitos, pardelas cenicientas, sombrías, baleares y pichonetas, charranes comunes y árticos, un fumarel común, numerosos alcatraces y algunos negrones comunes. Sin ser un día de paso intenso (hablando en estándares de Estaca) el paso fue continuo, fluido y variado, por lo que pasamos unas horas bastante entretenidas.

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Aunque las condiciones de observación pueden ser duras, en Estaca los resultados siempre son muy satisfactorios.

La visita duró tres días, muy intensos, y que dejan ganas de más. Tres días de pajareo y tres días de degustar la exquisita gastronomía gallega y que cundieron como para una semana o más de tanto que comimos. Habrá que volver en cuanto sea posible a ver más aves, picar algo y saludar a los amigos que allí quedaron.

 

 

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